18 de septiembre de 2013

Después de un par de meses volví a subir a aquel coche. Ahí estaba aquel chico con su camisa recién planchada, sin una sola arruga, sus vaqueros negros y aquellos zapatos que tanto le gustaban. Seguidamente volvieron todos los recuerdos a mi mente, pasaron como si de una película se tratase. Escena a escena. Entramos a aquella tienda y de repente las vió, sonrió como un niño y en ese momento supe que se las regalaría. Podía recordar el fresco aroma de su piel que venía como una oleada hacia mí cada vez que se acercaba. Podía recordar como sonreía cuando deslizaba sus dedos sobre mi mano y reía divertida, sin preocupaciones y así nos quedamos mirándonos...Vuelta a la realidad. 
Ahí estaba, delante de mi, me miraba de una forma diferente, me miraba a los ojos. Ya no quedaban sentimientos en sus ojos fríos como el hielo. Me reí de mi misma, ¿cómo pude pensar que su llamada era porque se había arrepentido de todo lo que me había hecho? Miré todo el coche y recordé cada tarde cuando me esperaba en la puerta del instituto. Ingenua. De repente sonó mi canción preferida y la escuchaba. Así como si nada empezó a gritar, gritaba mil barbaridades y yo sin decir nada deslicé mis dedos en el cristal que por el vaho había dejado a la vista los dibujos que yo hacía cuando llovía. Seguía gritando y le miré. Estaba enfurecido, me gritaba y yo ahí, callada. Sin poderlo evitar empecé a llorar en silencio y a él le daba igual. ¿En qué nos habíamos convertido? ¿Dónde había dejado a aquel chico dulce? Sin pensarlo abrí la puerta dispuesta a salir sin escucharle...pero sin poderlo evitar escuché su "si te vas ahora no vuelvas nunca". Dejé de llorar, reí y le grité "eso quiero, no volver a verte". Grité con todas mis fuerzas hasta quedarme sin voz. Me levanté y me fui. Sé que se quedó con el coche detenido durante un largo rato pero...¿para qué mentir? Ni él ni yo éramos los dos adolescentes enamorados de hacía unos meses.

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